En Floridablanca, el sabor de la tradición no solo se encuentra en las obleas y los dulces de guayaba. También se respira en las calles, se canta en las veredas y se baila con máscaras coloridas que cuentan historias de antaño. Esta semana, la Feria Dulces de Corazón 2025 se convirtió en una fiesta de memoria viva, donde el alcalde José Fernando Sánchez Carvajal, la gestora social Natalia Sánchez Silva y su equipo apostaron por algo más profundo que la celebración: sembrar en los niños el amor por su cultura, para que nunca desaparezca de la idiosincrasia florideña.
“Mi infancia fue igualitica, yo estaba donde estaban los matachines”, dijo con voz temblorosa Sergio Carreño, asistente al Party Color en el barrio El Reposo. Su testimonio no fue una anécdota aislada, sino el eco de una generación que creció entre danzas, máscaras y dulces, y que hoy ve con esperanza cómo los más pequeños se apropian de ese legado.
Matachines, chirozas y arlequines: el desfile de la memoria
Más de 200 niños se lanzaron a las calles con trajes autóctonos, bailando al ritmo de la batucada y luciendo con orgullo las máscaras que ellos mismos ayudaron a construir. Los matachines no fueron solo personajes pintorescos: fueron maestros silenciosos que enseñaron a los niños que la cultura no se hereda por decreto, sino por emoción compartida.
El Grupo Arte y Cultura, liderado por Claudia Díaz, dedicó semanas a enseñar técnicas de papel maché e icopor, transformando materiales simples en figuras como Pericles y Periclas, íconos locales que hoy recorren los barrios como embajadores del arte indígena florideño.
Letras que inspiran sueños
En Ruitoque Bajo, los cuentos reemplazaron las pantallas. Santiago Suárez, estudiante del Colegio Ecológico, lo resumió con una frase que vale oro: “No estuvimos pegados a celulares. Los cuentos me inspiran a cumplir mi sueño de ser escritor”. Así, la feria también se convirtió en semillero de narradores, poetas y soñadores.
Teatro, danza y música: el corazón que late en comunidad
Desde el Festival Gesto Vivo en El Carmen hasta los torbellinos en Villabel, la feria fue un escenario donde niños, jóvenes y adultos mayores compartieron sus talentos. Cada obra, cada paso de baile, cada acorde navideño fue una declaración de amor a Floridablanca.
Una apuesta pedagógica desde la emoción
El alcalde no solo organizó una feria: diseñó una estrategia emocional para que los niños se reconozcan como portadores de una cultura dulce, alegre y resistente. Incentivar el uso de trajes autóctonos, promover la lectura y abrir escenarios para el arte no es solo gestión cultural, es pedagogía del arraigo.
Porque cuando un niño se pone una máscara de matachín y baila con orgullo, no está disfrazado: está habitando su historia.
Señor alcalde, esta entrevista no busca protagonismo, sino permanencia.
Floridablanca está viviendo una feria que no solo endulza las calles, sino también la memoria de sus niños. Y usted, como líder de esta apuesta cultural, ha sembrado algo más que eventos: ha sembrado identidad.
Desde los matachines hasta los cuentos en voz alta, esta feria ha demostrado que cuando los niños se visten de tradición, el futuro se viste de esperanza. Por eso, desde este medio que también cree en el poder de la palabra y la participación, queremos conversar con usted no como figura institucional, sino como el ciudadano que quiere que su feria nunca desaparezca del corazón florideño.
¿Qué lo inspira a poner a los niños en el centro de esta fiesta? ¿Cómo sueña que esta semilla cultural florezca en los años por venir.








