En Charalá, Santander, donde el viento canta bambucos y las montañas guardan secretos de independencia, nació Pedro Nel Martínez, un juglar que convirtió el tiple en estandarte de identidad y resistencia. Desde niño, entre tiples colgados como amuletos en la casa paterna, aprendió que la música no solo se toca: se hereda, se honra y se transforma.
Su padre, bohemio y músico, fue el primer maestro. En esa casa santandereana, donde los tiples eran más comunes que los relojes, Pedro Nel y su hermano Rodolfo bajaban los instrumentos para domarlos como quien doma caballos: con respeto y pasión. Así comenzó una travesía que lo llevaría a ser llamado “Campeón mundial del tiple”, y más tarde, “Gran maestro patrimonio cultural de Colombia”.
Pero Pedro Nel no se quedó en los aplausos. Fundó el Concurso Nacional del Tiple que hoy lleva su nombre, semillero de más de 36 campeones y epicentro de una pedagogía musical que brota desde Charalá hacia todo el país. También organizó el segundo Encuentro del Tiple, reafirmando que este instrumento no es solo colombiano: es santandereano por derecho ancestral. Dicen que el general Santander lo tocaba a su batallón, y que en 1830 ya resonaba en estas tierras.
Su legado no se limita a los escenarios. En televisión, encarnó al personaje “Surrucuca” en Sábados Felices, llevando el humor y la jerga comunera a millones de hogares. En cada nota, Pedro Nel ha sabido traducir el trinar del viento, el galope del caballo y el susurro de la ceiba en melodías que reparan y convocan.
Ayer, cuando se le rindió homenaje en el Teatro Santander, Pedro Nel respira nacionalismo por todos sus poros. Su vida es una crónica viva de lo que significa ser músico, maestro y santandereano. En sus manos, el tiple no suena: levita.








