Por momentos, Rosa Solano pensó que su hijo no llegaría a cumplir los cinco años. Lo vio perder peso sin explicación, sufrir dolores que ningún calmante lograba mitigar, y pasar más tiempo en hospitales que en casa. “Era como si su cuerpo estuviera en guerra consigo mismo”, recuerda. Tenía apenas 18 meses cuando los médicos le pusieron nombre al enemigo: enfermedad de Crohn asociada a deficiencia de XIAP tipo 2, una condición genética rara, agresiva y, hasta entonces, sin cura en Colombia.
Así comenzó una travesía marcada por la incertidumbre. Hospitalizaciones prolongadas, infecciones recurrentes, tratamientos que ofrecían alivio pero no solución. Rosa tocó muchas puertas.
Algunas se cerraron. Otras ofrecían esperanza, pero no certezas. Hasta que llegó al Hospital Internacional de Colombia (HIC), en Piedecuesta, Santander.
Allí, el equipo del Centro de Excelencia en Enfermedad Inflamatoria Intestinal le habló de una posibilidad que parecía sacada de otro país, de otro mundo: un trasplante de médula ósea. “Yo no sabía que eso se podía hacer para el Crohn. Pensé que era solo para cáncer”, confiesa Rosa. Pero los médicos estaban convencidos. El caso de Liam era excepcional, y el trasplante podía reiniciar su sistema inmunológico desde cero.
El donante fue su padre. Le extrajeron las células madre mediante aféresis, un procedimiento delicado pero seguro. Luego vino la espera. La recuperación. Las noches sin dormir. Las complicaciones. “Hubo momentos en que pensé que no lo lograríamos. Pero los médicos nunca se rindieron. Nos trataron como familia”, dice Rosa, con la voz entrecortada.
Hoy, siete meses después del trasplante, Liam camina, come, juega y sueña. Los exámenes muestran un sistema digestivo sano. No hay infecciones. No hay síntomas. “Es como si le hubieran devuelto la vida”, dice el Dr. Carlos Cuadros, gastroenterólogo pediatra del HIC. “Este caso demuestra que sí podemos curar estas enfermedades, que la ciencia en Colombia está lista para dar ese salto”.
La historia de Liam no es solo un logro médico. Es un testimonio de resiliencia, de amor materno, de ciencia aplicada con humanidad. Es también una puerta abierta para otros niños que enfrentan enfermedades inflamatorias intestinales severas. Porque cuando la medicina se combina con la esperanza, los milagros dejan de ser excepciones.
Rosa lo resume mejor que nadie: “Mi hijo es prueba de que no hay que rendirse. Hoy lo veo correr por el parque, y sé que todo valió la pena”.








