El próximo 2 de octubre marcará un punto de inflexión para el manejo de residuos en el área metropolitana de Bucaramanga. Más allá de los tecnicismos judiciales que rodean el relleno sanitario El Carrasco, lo que está en juego es mucho más profundo: la sostenibilidad de un modelo que se tambalea por la falta de cultura ambiental en los municipios que depositan allí sus desechos.
Durante años, la ausencia de campañas robustas de reciclaje ha convertido a El Carrasco en el último eslabón de una cadena rota. Municipios que no separan, no educan y no transforman sus hábitos están empujando al sistema hacia el colapso. Y si el relleno se cierra definitivamente, no será solo por un fallo judicial, sino por una falla colectiva: la de no haber aprendido a cuidar lo que desechamos.
En un mundo que arde por el cambio climático, donde los desastres naturales ya no son excepción sino rutina, seguir ignorando el reciclaje es una forma de violencia ambiental. ¿Cuántas alertas más necesitamos para entender que el residuo no es basura, sino recurso? ¿Qué más debe pasar para que las autoridades prioricen la educación ambiental y la infraestructura para el aprovechamiento?
El Carrasco no es solo un lugar. Es un espejo. Y lo que refleja hoy es una sociedad que aún no asume su responsabilidad frente al planeta. Que esta fecha no sea solo un trámite judicial, sino el inicio de una transformación urgente y colectiva.
Mientras algunos municipios siguen sin asumir su responsabilidad ambiental, otros comienzan a marcar el camino. En Piedecuesta, por ejemplo, se implementó el proyecto Santander bajo en carbono, una iniciativa de economía circular que transforma residuos orgánicos en enmiendas para la agricultura y promueve la recuperación de materiales reciclables a través de asociaciones de recicladores. Esta estrategia, respaldada por la Gobernación y la Cdmb, no solo reduce la carga sobre El Carrasco, sino que demuestra que con voluntad política, articulación institucional y participación ciudadana, es posible cambiar el rumbo. “Antes todo iba al basurero, ahora sabemos separar y aprovechar”, cuenta Erika Mejía, gerente del Grupo Natural Andino, que lidera el tratamiento de residuos en la vereda El Diamante. Que Piedecuesta sirva de espejo para los municipios que aún no reciclan: el futuro no se improvisa, se construye con decisiones conscientes.









