La madrugada del domingo 6 de julio fue testigo de otro siniestro vial que enluta a una familia santandereana. Tendido boca abajo sobre un andén en la prolongación de la calle 45, quedó el cuerpo de Diego Mauricio Morales Niño, quien vestía chaqueta amarilla, jean azul y llevaba un bolso en la espalda. El joven murió tras perder el control de su motocicleta Honda, estrellándose contra un árbol luego de haber impactado el andén. El accidente ocurrió cerca al Centro de Resocialización de mujeres, en el sector de Chimitá, a las 2:00 a. m.
Tan solo horas antes, la noche del sábado 4 de julio, otro motociclista, Alfonso López, de 54 años, perdió la vida en el barrio Olas Bajas, al norte de la ciudad. López chocó contra otro vehículo y fue arrollado por un bus de transporte público.
Solo en Bucaramanga, sin contar los municipios del área metropolitana, ya se registran 43 muertes de conductores y parrilleros de motocicletas en lo que va del año. La cifra no solo preocupa por su magnitud, sino por el perfil de las víctimas: hombres y mujeres en plena edad productiva, cuyos fallecimientos implican una pérdida irreparable para la sociedad y sus familias.
Según las autoridades, las causas más frecuentes de estos accidentes son la imprudencia, el consumo de alcohol y la falta de concentración al conducir. Un empresario local del sector motero, quien pidió reserva de su nombre, explicó: “Las motos no se accidentan solas, se accidentan por la irresponsabilidad tanto de quienes las conducen como de otros actores en la vía.
Siempre informamos a los nuevos propietarios sobre los riesgos, pero muchos subestiman las consecuencias.”
Estos episodios reiteran la urgencia de reforzar campañas de prevención y de educación vial, así como de abrir un diálogo más profundo sobre la responsabilidad compartida en las calles de Bucaramanga.








