Por estos días, mientras el gobernador insiste en que el turismo es la gran apuesta del departamento, los santandereanos seguimos atrapados en una paradoja vergonzosa: ¿Cómo atraer visitantes si nuestras vías parecen salidas de una película de terror? ¿Cómo hablar de desarrollo cuando el 2025 será recordado como uno de los peores años en infraestructura vial para Santander?
La Troncal Central colapsada. La Transversal del Carare, intransitable. La vía Curos-Málaga, aún en promesas. El retorno de Newport y la vía Yuma, en veremos. Y para rematar, el retiro del departamento del documento CONPES, que garantizaba recursos para estas obras. ¿Dónde estaban nuestros congresistas cuando esto ocurrió?
¿Dónde están ahora?
Porque no basta con aparecer en época electoral con sonrisas y promesas recicladas. La ciudadanía tiene derecho a exigirles cuentas. No solo se les eligió para “vivir sabroso” con sueldos millonarios durante cuatro años. Se les eligió para defender a Santander, para hacer valer su credencial en el Congreso, donde se aprueban las leyes y el presupuesto de la nación.
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿quién es más sinvergüenza? ¿El político que se burla del elector o el elector que guarda silencio y no reclama? Más vale una vez en la vida colorado, que toda la vida pálido.
Mientras tanto, el empresariado sigue empujando. Prosantander creció un 16% este año, sumando 12 nuevas empresas. Se lanzó la Agenda Estratégica del Agua, se impulsó la visión Santander 2050 con Fedesarrollo, y se publicaron documentos clave sobre pobreza, movilidad y transición energética. Incluso se avanza en la transformación del IDESAN para que deje de ser una caja menor y se convierta en una verdadera agencia de proyectos.
Pero no es justo que el sector privado cargue solo con el peso del desarrollo. Como decía Churchill, “muchos ven al empresario como el lobo que hay que abatir; otros como la vaca que hay que ordeñar; pero pocos como el caballo que tira del carro”. Pues bien, ese caballo está exhausto.
Es hora de que el bloque parlamentario de Santander se ponga la camiseta. Y es hora de que la ciudadanía despierte. Porque si no exigimos, si no reclamamos, si no señalamos, seguiremos condenados a votar por los mismos que nos fallan. Y eso, santandereanos, no es democracia: es resignación.








