Llevo más de 45 años ejerciendo el periodismo, y si algo he aprendido es que en las entidades públicas nadie mueve un peso sin el visto bueno del alcalde o el gobernador de turno. Sin embargo, cuando estalla un escándalo de corrupción, los que terminan judicializados no son quienes dieron la orden, sino quienes la ejecutaron. El reciente fallo contra tres exfuncionarios de la Gobernación de Santander y tres empleados de una fundación social es otro capítulo de esa historia repetida.
Según la Fiscalía, hubo un detrimento de casi mil millones de pesos en un contrato para promover la cultura ciudadana en Bucaramanga y su área metropolitana. Se habla de facturas infladas, cobros en blanco firmados por artistas, y actividades que nunca se realizaron. Todo esto bajo la figura de contratación directa, esa puerta trasera por donde se cuelan muchas de las irregularidades que luego terminan en los estrados.
Pero más allá del caso puntual, este fallo debe ser una advertencia para secretarios de despacho, gerentes de institutos descentralizados, asesores y supervisores: no se dejen usar. Porque cuando el barco se hunde, el que dio la orden verbal se queda callado, y los demás deben defenderse como puedan. Y lo más doloroso es ver cómo muchas veces son mujeres las que terminan pagando los platos rotos. Mujeres que llegan a cargos de confianza, que quieren hacer bien su trabajo, pero que por miedo a perderlo terminan firmando lo que les ponen enfrente, sin medir las consecuencias.
No se trata de justificar a nadie. Cada quien debe responder por sus actos. Pero sí de exigir que las investigaciones lleguen hasta el fondo, hasta quienes realmente toman las decisiones. Porque mientras sigamos castigando al mensajero y no al patrón, la corrupción seguirá siendo un negocio rentable para los de siempre, y una trampa mortal para los incautos.
Ya es hora de romper ese círculo vicioso. De decir no a las órdenes verbales, de exigir todo por escrito, de documentar cada paso. Porque la memoria institucional no puede seguir siendo selectiva, ni la justicia, ciega solo para algunos.








