Colombia no puede volver a ser el país que fue. No podemos permitir que el miedo vuelva a dictar nuestras rutinas, que el terror se instale como huésped permanente en nuestras casas, que nuestros niños y jóvenes crezcan entre explosiones, confinamientos y funerales. Esta semana, el país ha sido testigo de una sincronía macabra: el ataque del ELN en Aguachica y la toma armada en Buenos Aires, Cauca, nos recuerdan que el horror no es un recuerdo lejano, sino una amenaza que se reactiva cuando el Estado se repliega y la violencia avanza.
No es solo el número de muertos —siete soldados en Cesar, dos policías en el Cauca—, es el mensaje que se envía a la nación: que la vida de quienes nos protegen puede ser segada con impunidad; que las armas ilegales, los drones cargados de explosivos y los fusiles de largo alcance pueden más que la palabra empeñada en una mesa de diálogo. Que el abandono estatal es más que una percepción: es una herida abierta en territorios donde la ley la imponen los violentos.
No podemos permitir que nuestros hijos y nietos crezcan en un país donde ser soldado o policía es una sentencia de muerte, donde la escuela se convierte en trinchera y el miedo reemplaza al juego. No podemos resignarnos a que la historia se repita, como si el dolor de las generaciones que vivieron los años más oscuros del conflicto armado no nos hubiera enseñado nada.
Hoy, más que nunca, debemos alzar la voz. No para alimentar la guerra, sino para exigir que el Estado cumpla su deber de proteger la vida, la libertad y la dignidad de todos los colombianos. La paz no se construye con ingenuidad ni con discursos vacíos. Se construye con presencia, con justicia, con decisiones firmes que no cedan ante la barbarie.
Aguachica y Buenos Aires no pueden ser solo notas de prensa. Deben ser un punto de inflexión. Un llamado a la acción. Porque si no defendemos a quienes nos defienden, si no protegemos a nuestros niños y jóvenes del retorno del terror, estaremos condenando al país a repetir su peor historia.
No más generaciones arrinconadas por el miedo. No más silencios cómplices. Colombia merece vivir en paz, sí, pero en una paz con verdad, con justicia y con garantías reales de no repetición. Esa es la paz que debemos exigir. Esa es la paz que debemos construir.
Hoy hacemos un llamado urgente:
A las autoridades, para que no sigan administrando la seguridad desde la distancia ni desde el cálculo político. Que escuchen el clamor de los territorios y actúen con decisión, sin ambigüedades, para proteger la vida.
A las madres, que han criado hijos en medio del miedo, para que alcen su voz y exijan un país donde sus hijos no tengan que empuñar un arma ni esconderse del estruendo de una guerra que no pidieron.
A los jóvenes, para que no se dejen arrebatar el futuro ni seducir por quienes prometen poder a cambio de violencia. Su liderazgo, su creatividad y su coraje son la fuerza que puede transformar esta historia.
Y a los líderes comunitarios, que siguen resistiendo en las veredas, en los barrios, en los consejos de juventud, para que no se rindan. Su palabra, su ejemplo y su organización son el antídoto contra el miedo.
Colombia no puede volver atrás. Hoy, más que nunca, debemos defender la vida, la dignidad y la esperanza. No por nostalgia del pasado, sino por el derecho irrenunciable a un futuro sin terror.








