Por años, su voz fue la banda sonora de quienes aman con furia, pierden con dignidad y se levantan con coraje. Yeison Jiménez, el muchacho que cantaba en buses y plazas de abastos, se convirtió en ídolo de multitudes. El 10 de enero de 2026, su historia se partió en dos: una avioneta que no logró despegar selló su destino entre Paipa y Duitama, Boyacá.
A bordo iban seis personas: el piloto, cuatro miembros de su equipo, y él, el artista que había llenado El Campín y los corazones de un país entero. La aeronave, con destino a Medellín, no alcanzó a alzar vuelo. La ministra de Transporte confirmó que el accidente ocurrió a las 4:30 p. m., cuando el avión carreteaba por la pista del aeródromo Juan José Rondón.
De Manzanares al estrellato
Yeison Orlando Jiménez Galeano nació el 26 de julio de 1991 en Manzanares, Caldas. Su infancia estuvo marcada por la escasez y el trabajo duro. Desde niño vendía frutas y aguacates en la plaza y cantaba en buses para ayudar a su familia. Su primer escenario fue la calle; su primer público, los pasajeros que lo escuchaban entre semáforos y terminales.
A los 13 años compuso su primera canción. A los 18, ya tenía claro que su vida sería la música. Su estilo, mezcla de despecho, ranchera y verdad cruda, conectó con millones. Temas como Aventurero, Ya no mi amor y Tenías razón lo catapultaron como uno de los grandes exponentes de la música popular colombiana.
El artista que cantó con el alma
Jiménez no solo fue cantante: fue autor de más de 70 canciones, empresario, y mentor de nuevos talentos. Su autenticidad lo convirtió en referente de superación. En 2025, llenó el estadio El Campín de Bogotá, un hito reservado para pocos. Su discurso fue claro: “Nunca olviden de dónde vienen. Yo vengo de abajo, y aquí estoy por ustedes”.
El adiós que nadie quería cantar
El 10 de enero, Yeison se dirigía a Marinilla, Antioquia, donde tenía programada una presentación. La avioneta nunca despegó. La señal de emergencia se activó minutos después del impacto. La noticia corrió como pólvora: el Aventurero había caído.
Las redes se inundaron de homenajes. Miles de seguidores encendieron velas, cantaron sus letras, y lloraron como si se hubiera ido un hermano. Porque eso era Yeison: un hermano del alma, un cantor de la vida, un sobreviviente que nos enseñó a no rendirnos.
Legado que no se apaga
Hoy, su música sigue sonando en fondas, cantinas, emisoras y corazones. Su historia es lección de lucha, talento y humildad. Y aunque el cielo lo reclamó antes de tiempo, su voz —esa que nació en la calle y conquistó escenarios— seguirá cantando por nosotros.








