Por años, William Parra fue maestro de obra: un hombre curtido por el sol, la lluvia y la esperanza de que algún día su esfuerzo le permitiera construir algo propio. En ese anhelo, se convirtió en conductor de camión. Lo llamaban ‘Guasca’ en el barrio El Tejar, al norte de Bucaramanga. Era ese vecino servicial, incansable, que siempre saludaba primero.
El lunes, su historia dio un giro abrupto en las calles de Floridablanca, Santander. Parra había dejado su camión estacionado en una pendiente del barrio La Trinidad, mientras atendía un acarreo. Pero algo falló. El vehículo comenzó a deslizarse, cobrando velocidad sobre el asfalto inclinado. En las imágenes captadas por cámaras de seguridad, se ve a ‘Guasca’ correr desesperado, aferrarse a la puerta, intentar una maniobra imposible: detener la marcha con sus propias manos.
En su intento por evitar que el camión arrollara a alguien, rozó la tragedia y la heroica entrega. Una mujer logró esquivarlo. Un taxi y la reja de una casa absorbieron parte del impacto. El vehículo terminó volcado. Pero William quedó aprisionado, golpeado, herido de muerte.
Lo trasladaron de urgencia. Los paramédicos lucharon contra el reloj. Pero no fue suficiente. Colombia perdió a un hombre que decidió reinventarse, que apostó por el trabajo digno, que eligió prevenir una tragedia a costa de su propia vida.
«Demasiado trabajador», «muy servicial», lo describieron sus vecinos. Quienes lo conocieron saben que su última carrera no fue por miedo, sino por responsabilidad.
Hoy, su historia sacude a quienes han cambiado de oficio, a quienes manejan un camión con el peso del sustento sobre ruedas, y a quienes han perdido mucho intentando hacer lo correcto.








