A menos de quince días de haber asumido el liderazgo de Bucaramanga, el alcalde Cristian Portilla ha encendido las alarmas con una decena de advertencias sobre presuntas irregularidades en la administración anterior. Sin embargo, más allá de mirar al pasado, la ciudad le exige al joven mandatario que se enfoque en lo urgente: gobernar con decisión, sin lamentos, y con la mirada puesta en los desafíos estructurales que aquejan a la capital santandereana.
Las alertas, que serán puestas en conocimiento de la Procuraduría, la Contraloría y otras autoridades, abarcan desde fallas en la gestión de residuos hasta contratos cuestionables en comunicaciones, pasando por omisiones en la contratación de personal clave para el bienestar animal, la atención a la primera infancia y el funcionamiento de los bomberos.
Entre los puntos más críticos se encuentra la crisis de basuras que afectó a barrios como Provenza, debido a un convenio con la EMAB que nunca tuvo acta de inicio. También se cuestiona la legalidad del convenio interadministrativo para El Carrasco, firmado en plena Ley de Garantías y sin estudios financieros ni viabilidad jurídica. A esto se suma el retraso en la operación de la planta de lixiviados, que generó sobrecostos por más de 500 millones de pesos.
En paralelo, Portilla denunció contrataciones exprés por más de 360 millones de pesos en los últimos días del gobierno anterior, algunas sin relación clara con el Plan de Desarrollo. También se evidenció la falta de previsión para garantizar el combustible de los bomberos, la atención a los animales de la UBA y la continuidad del programa Casa Búho, que cerró antes de Navidad por falta de personal.
En materia de seguridad, el alcalde señaló un aumento de hasta el 11 % en homicidios durante el bimestre final del año, atribuido a la suspensión de la Mesa Interinstitucional de Seguridad. Tras su reactivación, afirma que los indicadores han comenzado a mejorar.
No obstante, la ciudadanía espera más que diagnósticos. Bucaramanga enfrenta retos urgentes en seguridad, salud, educación y tejido social. En una ciudad donde aún hay familias que sobreviven con una sola comida al día, el llamado es claro: menos discursos y más acción.
Además, la relación con el Gobierno Nacional no puede seguir marcada por la confrontación. El distanciamiento entre la administración anterior y el presidente Gustavo Petro dejó a Bucaramanga rezagada en inversión y proyectos estratégicos. Portilla tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de tender puentes, gestionar recursos y sacar a la ciudad del letargo.
Con solo dos años por delante, el tiempo apremia. Bucaramanga necesita un alcalde que gobierne con firmeza, escuche a su gente y construya consensos. Las alertas deben ser el punto de partida, no el eje del relato. Porque la ciudad no puede seguir esperando.








