Este 27 de septiembre, Día Mundial del Turismo, es momento de preguntarnos con honestidad: ¿estamos listos para que Santander se convierta en un destino turístico de talla mundial? Desde el inicio del gobierno del MG. (R) Juvenal Díaz Mateus, se ha trazado ese propósito con convicción. Y sí, tenemos razones de sobra para soñar en grande.
Contamos con dos municipios monumento nacional: Girón, con su alma colonial intacta, y Barichara, joya arquitectónica y espiritual que enamora a propios y extraños. San Gil vibra con adrenalina y aventura; Vélez y El Socorro guardan la memoria republicana de un país que se gestó en sus calles. Barrancabermeja, con su industria petrolera y su gente resiliente, es epicentro de historia y transformación. Las siete provincias son un mosaico de cultura, trabajo y belleza natural.
Pero el turismo no se vende solo. Y no basta con tener paisajes, historia y potencial. Según cifras recientes, el turismo en Santander crece con fuerza: aumentó un 11 % en pernoctaciones y la ocupación hotelera supera el 60 %. Se han invertido más de $10 mil millones en infraestructura, promoción y competitividad. Sin embargo, aún enfrentamos desafíos estructurales: conectividad limitada, señalización insuficiente, escasa articulación entre actores locales y falta de formación especializada para quienes atienden al turista.
El turismo no es solo una industria: es una experiencia humana. ¿Estamos preparando a nuestra gente para recibir al mundo? ¿Estamos formando guías, cocineros, artesanos, narradores, emprendedores? ¿Estamos enseñando idiomas, hospitalidad, historia local? ¿Estamos cuidando el alma de nuestros pueblos mientras los abrimos al visitante?
Santander necesita más que parques temáticos: necesita una narrativa común, una estrategia de largo aliento que conecte sus tesoros con el corazón del viajero. Necesita que cada niño en Zapatoca, cada tejedor en Curití, cada cocinera en Vélez sepa que su saber es parte del atractivo turístico. Necesita que el turismo sea una herramienta de inclusión, memoria y desarrollo justo.
Hoy, más que nunca, debemos apostar por el turismo comunitario, sostenible y participativo. Que el visitante no solo venga a mirar, sino a entender, a aprender, a compartir. Que se lleve no solo fotos, sino historias. Que vuelva, y que recomiende.
Santander tiene todo para ser destino mundial. Lo que falta es creerlo colectivamente, prepararnos integralmente y narrarlo con orgullo. Porque el turismo, bien hecho, no solo deja divisas: deja vínculos, dignidad y futuro.








