En Santander, ser mujer y liderar un hogar sigue siendo sinónimo de desigualdad. Según el informe del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de Santander (OMEGS), 2 de cada 10 hogares encabezados por mujeres enfrentan déficit habitacional: hacinamiento, carencia de servicios públicos y saneamiento básico. Esta cifra revela una realidad estructural que va más allá de lo económico: es una alerta sobre cómo el género condiciona el acceso a una vida digna.
Más trabajo, menos ingresos
Las mujeres en Santander dedican en promedio 8,1 horas diarias al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, frente a 4,6 horas en el caso de los hombres. Esta diferencia de 3,5 horas representa tiempo que ellas no pueden invertir en educación, descanso o empleo formal. El 34% asume estas tareas por falta de apoyo, y el 23,8% dedica la mayor parte de su tiempo al cuidado de otros.
Esta sobrecarga limita su participación en el mercado laboral y las expone a condiciones de pobreza. Según la OIT y el DANE, las mujeres ocupadas en Colombia ganan menos que los hombres, debido a la segregación laboral y los techos de cristal que frenan su acceso a cargos de dirección.
Mujeres que sostienen hogares, pero no ingresos
El 44,4% de los hogares en Santander son liderados por mujeres. Aunque no todos son pobres, la jefatura femenina se ha convertido en un indicador clave de vulnerabilidad. El 35,6% de estos hogares afirma que sus ingresos no cubren los gastos mínimos, frente al 29,1% de los hogares liderados por hombres. Solo el 5,2% logra cubrir más que lo básico.
Además, el 49% de los hogares con jefatura femenina se considera pobre, una percepción que, según la investigadora Ana Carolina Henao Vargas, revela no solo precariedad económica, sino también mayor exposición a la violencia de género.
Barreras que perpetúan la pobreza
El informe del OMEGS identifica múltiples factores que explican esta feminización de la pobreza:
• Brecha salarial de género.
• Carga de trabajo no remunerado.
• Acceso limitado a empleos formales y bien remunerados.
• Alta incidencia de hogares monoparentales.
• Dificultades para acceder a servicios financieros.
• Segregación ocupacional en sectores informales y precarios.
• Impactos de la violencia de género.
Estas condiciones no solo restringen la independencia financiera de las mujeres, sino que las hacen más vulnerables a relaciones de dependencia y control.
Educación: una luz entre las sombras
A pesar del panorama, el informe revela un dato esperanzador: las mujeres jóvenes entre 17 y 21 años presentan niveles educativos más altos que las mujeres adultas. Este avance podría traducirse en mejores oportunidades laborales y una ruptura progresiva del ciclo de pobreza.








