Barranquilla. La noche del título fue una fiesta que desbordó las calles, los balcones y los corazones de una ciudad que vive el fútbol como una herencia compartida. Junior de Barranquilla conquistó su décima estrella en el fútbol profesional colombiano, y lo hizo con una mezcla de trabajo silencioso, convicción colectiva y el respaldo incondicional de su gente.
Uno de los rostros más elocuentes de la celebración fue el del paraguayo Javier Báez, quien, entre risas y emoción, reveló un gesto que simboliza la fe con la que el equipo vivió esta campaña:
“Guardé este habano todo el año, porque sabíamos que íbamos a ser campeones”.
Báez, referente de experiencia y carácter en el mediocampo, reconoció que el camino no fue fácil. El recuerdo del cuadrangular anterior, donde el equipo sumó apenas un punto, se convirtió en combustible para la revancha:
“Estábamos desilusionados, pero fuimos humildes y trabajamos”.
El título, sin embargo, trasciende lo deportivo. Báez lo dedicó a su esposa y a sus dos hijas, evocando los momentos difíciles vividos en Paraguay y el papel fundamental de su familia en su proceso personal.
“Mi hija menor me dijo que iba a ganar la medalla… y hoy se la llevo”, compartió con la voz entrecortada.
Con este campeonato, Báez suma su cuarto título profesional en tres países distintos —Paraguay, Argentina y Colombia— y se consolida como una pieza clave en la historia reciente del Junior.
Mientras tanto, Barranquilla celebró como solo ella sabe: con música, pólvora, caravanas y abrazos entre desconocidos. Desde el estadio Metropolitano hasta los barrios más alejados, la ciudad se tiñó de rojo y blanco, reafirmando que el Junior no es solo un equipo: es una pasión que se hereda, se canta y se baila.
La décima estrella no solo brilla en el escudo: brilla en cada esquina donde la alegría es costumbre y el fútbol, una forma de amar.








