Los motociclistas concentran una parte importante de las víctimas mortales de los siniestros viales en la ciudad. Las cifras de este año plantean preguntas sobre comportamiento, controles, infraestructura y la efectividad de las medidas para reducir la accidentalidad.
La movilidad en Bucaramanga vuelve a enfrentar una situación que merece algo más que una cifra en un informe.
En lo corrido de 2026, 68 motociclistas han muerto en siniestros viales en la ciudad, de acuerdo con la información divulgada por la Dirección de Tránsito de Bucaramanga. El número representa cerca del 85 % de los motociclistas fallecidos durante todo 2025 y pone nuevamente a este actor vial en el centro de la discusión sobre seguridad en las calles.
El dato adquiere mayor relevancia cuando se observa el comportamiento general de la siniestralidad.
El informe oficial correspondiente al primer semestre de 2026 registra 604 siniestros viales y 53 víctimas fatales, frente a 543 siniestros y 42 fallecidos durante el mismo período de 2025. Esto significa que los siniestros aumentaron alrededor de un 11 %, mientras las muertes crecieron cerca de un 26 %.
La diferencia entre ambos porcentajes deja un elemento para analizar: no solamente están ocurriendo más siniestros; proporcionalmente, también están dejando más víctimas mortales.
¿Qué hay detrás de las cifras?
Encontrar una explicación para la mortalidad de los motociclistas no parece sencillo.
Las autoridades de tránsito han identificado comportamientos como el incumplimiento de señales, el cruce de semáforos en rojo, circular en contravía y realizar maniobras prohibidas entre las conductas asociadas a los siniestros.
Pero reducir el problema exclusivamente al comportamiento de los motociclistas sería una lectura incompleta.
La seguridad vial depende de varios actores y factores: quienes conducen motocicletas, automóviles y vehículos de carga, los peatones, las condiciones de las vías, la señalización, los controles y la manera en que se aplican las normas.
Por eso, la pregunta no debería ser únicamente qué están haciendo mal los motociclistas, sino qué está ocurriendo en el conjunto del sistema de movilidad.
Los controles existen, pero el resultado genera preguntas
Durante los primeros seis meses del año, la Dirección de Tránsito reportó 12.281 comparendos, de los cuales 10.127 correspondieron a motociclistas, equivalentes al 82,5 % del total.
Entre las conductas sancionadas aparecen infracciones relacionadas con circular por lugares prohibidos, no contar con la revisión técnico-mecánica, conducir sin SOAT y hacerlo sin licencia.
A esto se suman las más de 7.000 motocicletas inmovilizadas hasta mayo, según información entregada por la administración municipal.
Los números muestran que existe una actividad importante de control.
Pero también dejan abierta una pregunta que merece ser analizada:
La respuesta no necesariamente está en aumentar el número de comparendos. También puede estar en identificar dónde se producen los hechos, cuáles son las conductas más frecuentes y qué medidas tienen realmente capacidad para prevenir nuevos accidentes.
Las vías también hacen parte de la discusión
Otro elemento que debe incorporarse al análisis es el lugar donde ocurren los siniestros.
En los reportes de la Dirección de Tránsito aparecen corredores con una concentración importante de accidentes y víctimas, entre ellos la Autopista a Girón, la Autopista Norte y el Anillo Vial.
La respuesta requiere revisar variables como velocidad, flujo vehicular, iluminación, señalización, estado de la infraestructura, cruces, accesos y comportamiento de los conductores.
Analizar estos puntos permitiría pasar de una política de reacción después del accidente a una estrategia de prevención basada en los lugares y circunstancias donde existe mayor riesgo.
El factor laboral también entra en escena
Una parte de los motociclistas utiliza este vehículo como herramienta de trabajo.
Domiciliarios, mensajeros, trabajadores independientes y personas que dependen de la motocicleta para desplazarse diariamente están expuestos durante buena parte de su jornada a las condiciones de las vías.
La propia Dirección de Tránsito ha llamado la atención sobre la presión que pueden experimentar algunos domiciliarios para cumplir tiempos de entrega.
Es un aspecto que merece una mirada más amplia.
La seguridad vial también puede estar relacionada con las condiciones en las que una persona desarrolla su actividad laboral: tiempos de desplazamiento, presión por entregar pedidos, jornadas extensas y necesidad de movilizarse constantemente.
Esto abre una discusión que involucra no solamente al conductor, sino también a empresas, plataformas, establecimientos comerciales y usuarios.
Una ciudad que necesita conocer mejor sus propios datos
La cifra de 68 fallecidos permite dimensionar la magnitud del problema, pero por sí sola no explica sus causas.
Para entender qué está ocurriendo sería necesario conocer, entre otros aspectos, en qué puntos se concentran las muertes, cuáles son las edades de las víctimas, qué tipo de siniestros se presentan con mayor frecuencia, qué infracciones aparecen asociadas a estos hechos y cuáles son los horarios con mayor riesgo.
También sería importante establecer cuántos de los fallecidos eran conductores, cuántos pasajeros y cuántos utilizaban la motocicleta como herramienta de trabajo.
Ese nivel de información permitiría orientar mejor las decisiones y evitar que la discusión se limite a responsabilizar a un solo actor vial.
La campaña y el desafío de medir resultados
Ante este panorama, la Dirección de Tránsito lanzó la campaña “En mi moto me gano la vida, no la pierdo”, enfocada en promover comportamientos seguros entre los motociclistas y una mayor corresponsabilidad entre los diferentes actores de la vía.
La iniciativa busca generar conciencia, pero su verdadero impacto tendrá que medirse en el tiempo.
Una campaña puede aumentar la visibilidad de un problema, mientras los controles pueden sancionar comportamientos que infringen las normas.
Más allá del número
Los 68 motociclistas fallecidos representan una señal de alerta para Bucaramanga, pero también una oportunidad para revisar de manera integral cómo se está movilizando la ciudad.
No se trata de establecer una confrontación entre motociclistas y conductores de otros vehículos.
Se trata de identificar qué comportamientos están aumentando el riesgo, qué puntos de la ciudad requieren intervención, si las medidas actuales están dando resultados y qué acciones adicionales pueden prevenir nuevas muertes.
La seguridad vial no depende de una sola institución ni de un solo actor.
Por eso, más que preguntarnos quién tiene la culpa después de cada accidente, la discusión debería centrarse en una pregunta que involucra a toda la ciudad:
¿Qué debe cambiar en las calles de Bucaramanga para que las cifras de mortalidad vial comiencen a bajar?








