Por décadas, Bucaramanga fue reconocida como la ciudad bonita, no solo por sus parques y su clima amable, sino por el civismo que se respiraba en cada cuadra. Era común ver a los vecinos barriendo el andén, cuidando los jardines, respetando los espacios públicos como si fueran propios. Pero algo se rompió. Desde hace más de 15 años, esa cultura del cuidado se ha ido desdibujando, y hoy la ciudad enfrenta una crisis de basura que no se resuelve solo con escobas.
El alcalde Cristian Portilla ha anunciado un plan de choque para intervenir más de 45 puntos críticos de acumulación de residuos. Es un paso necesario, pero no suficiente. Porque limpiar sin sancionar es como barrer con la puerta abierta: el desorden vuelve a entrar. Y aquí es donde el mandatario tiene una herramienta poderosa que no puede seguir engavetada: el comparendo ambiental. Solo cuando el irrespeto duele en el bolsillo, muchos ciudadanos entienden que la calle no es un basurero.
Los escobitas hacen su parte. Desde la madrugada, recorren avenidas y barrios con una dignidad que merece aplausos. Pero su esfuerzo se diluye cuando la ciudadanía no responde. No es justo que el trabajo de unos pocos se vea saboteado por la indiferencia de muchos. Bucaramanga no se verá limpia mientras el civismo siga en vía de extinción.
Y la limpieza no es solo cuestión de residuos. También lo es del respeto por la vida. Hoy, los moteros que se saltan los semáforos en rojo no solo violan normas: están dejando muertos en el pavimento. Adultos mayores, peatones indefensos, familias enteras viven con miedo de cruzar una calle. ¿Dónde están los controles? ¿Dónde están las sanciones ejemplares?
Señor alcalde, el tiempo corre. Tiene dos años para dejar huella o para engrosar la lista de los que pasaron sin pena ni gloria. Bucaramanga no necesita discursos, necesita decisiones. Menos populismo, más autoridad. Menos promesas, más acciones. Porque una ciudad limpia no es la que más barre, sino la que menos ensucia. Y eso empieza por gobernar con firmeza.








