Hay momentos en que el silencio es más elocuente que cualquier discurso. La muerte de un policía en cumplimiento de su deber no es una oportunidad para posar, sino un llamado urgente a la reflexión y al respeto.
Sin embargo, en Bucaramanga, dos candidatos a la alcaldía decidieron aparecer en el lugar del crimen como si el dolor ajeno fuera un escenario más de campaña. No los voy a nombrar. No por prudencia, sino por respeto a la memoria del uniformado y a una ciudadanía que merece algo mejor que la politiquería del espectáculo.
Lo que ocurrió ese día no es un hecho aislado. Bucaramanga, como las 32 capitales del país y cientos de municipios, vive una crisis de seguridad que se siente en cada barrio, en cada madre que teme por sus hijos, en cada comerciante que cierra antes de tiempo, en cada joven que se pregunta si vale la pena soñar aquí. La violencia no es una estadística: es una herida abierta que sangra en silencio.
Pero no basta con indignarse. Es hora de proponer. Y no hablo de promesas vacías ni de discursos de tarima. Hablo de compromisos concretos:
• Recuperar el territorio con presencia institucional real, no solo con fuerza pública, sino con cultura, salud, educación y oportunidades.
• Fortalecer la inteligencia policial y la justicia local, para que el crimen no tenga impunidad ni impunidad tenga padrinos.
• Escuchar a las comunidades, que saben dónde están los puntos críticos, quiénes siembran miedo y qué se necesita para recuperar la confianza.
• Invertir en prevención, porque la seguridad no se construye solo con patrullas, sino con parques, empleo digno y escuelas abiertas.
• Blindar la política local de intereses oscuros, porque cuando la corrupción se sienta en el poder, la violencia se institucionaliza.
La seguridad no es un eslogan. Es un derecho. Y también una responsabilidad compartida. No se trata de militarizar la vida, sino de dignificarla. De volver a mirar a los ojos a nuestros vecinos sin miedo. De que los niños puedan jugar en la calle sin que sus padres recen por su regreso. De que la política vuelva a ser un acto de servicio, no de oportunismo.
Hoy, Bucaramanga no necesita más fotos. Necesita líderes que escuchen, que propongan, que se duelan con su gente y que trabajen con ella. Porque la seguridad no se impone: se construye. Y se construye con respeto, con memoria y con justicia.








