Este domingo, Bucaramanga eligió alcalde con apenas el 26.4% del censo electoral. Más que una cifra, este guarismo es un grito silente: la mayoría de los bumangueses prefirió quedarse en casa. No fue apatía, fue una forma de protesta. Una ciudad que ha marchado por el agua, que ha llorado sus muertos por la violencia, que ha denunciado la corrupción y la desidia, hoy se abstuvo de votar. ¿Por qué?
Los partidos políticos tradicionales, otrora pilares del debate público, llegaron a esta contienda con candidaturas débiles, desconectadas de las urgencias ciudadanas. El Partido Liberal, que alguna vez fue sinónimo de poder local, apenas alcanzó 2.87% de los votos. ¿Cómo se explica que el partido que “ponía alcalde” hoy no logre ni el 3%? ¿Qué pasó con su capacidad de convocar, de representar, de emocionar?
Mientras tanto, la candidatura ganadora —respaldada por sectores religiosos— capitalizó el desencanto. No con maquinaria, sino con feligresía. No con promesas, sino con fe. En una ciudad donde la institucionalidad ha fallado, la comunidad de creyentes se convirtió en estructura, en red de confianza, en refugio. Y votó. Y ganó.
Pero la pregunta incómoda persiste: ¿qué hacemos con el 73.6% que no votó? ¿Qué dice de nosotros como ciudadanía que, frente a la posibilidad de elegir, optemos por la abstención? ¿Nos resignamos a la quejadera en redes, al rumor de esquina, al “todos son iguales”?
La Ley Seca, que paralizó el comercio y dejó pérdidas millonarias, es otro síntoma de una democracia que no se piensa desde la gente. ¿A quién se le ocurre castigar a los tenderos, a los bares, a los restaurantes, en una ciudad que ya carga con el peso del desempleo y la informalidad? ¿Qué sentido tiene una medida que no moviliza el voto, pero sí castiga al que trabaja?
De cara al 2026, los partidos tienen una tarea urgente: dejar de hablarse entre ellos y empezar a escuchar a la gente. No basta con poner candidatos; hay que construir confianza, proyectos colectivos, liderazgos nuevos. Y nosotros, los ciudadanos, también tenemos tarea: dejar de ser espectadores indignados y volver a ser protagonistas.
Porque Bucaramanga no se cambia desde el sofá. Se cambia en la calle, en las urnas, en la palabra compartida. Hoy ganó la fe. Mañana, ¿quién ganará?








